Es muy probable que si llegaste hasta este blog, o te has preguntado o has intentado alguna vez vivir en el aclamado presente: vive ahora, no pienses en el futuro, el pasado, pasado está, lo único que tienes es este momento, etc., etc., etc. Son distintas maneras de hacernos esta exigencia. Pareciera que de alguna forma estuviéramos frente a una nueva moda, a una de esas frases comerciales que se repiten y repiten en libros, programas de televisión, radio y, como no, a través de redes sociales: no es gratuito que las fotos y videos vengan acompañados de su respectiva indicación y supuesta invitación a vivir en el presente. Si existe una expresión que ha sido utilizada en sus diferentes acepciones, desde múltiples ángulos y durante siglos es la pronunciada por el poeta romano Horacio: Carpe Diem, la cuál tiene distintas traducciones pero puede entenderse como “cosecha el día” o “aprovecha el día”. En el fondo, lo que se entiende es una invitación a no malgastar cada minuto por el que nuestra existencia atraviesa. Este tema no es nuevo, quizá, sea tan viejo como la misma humanidad: inmediatamente el ser humano comenzó a razonar, seguramente pudo darse cuenta de que podía anticipar su futuro o quedarse atrapado en el pasado. Aunque actualmente parezca una novedad, la verdad, es que no lo es.
La literatura, el arte, la ciencia, la moral, la filosofía, la psicología, etc., se han vuelto de cuando en cuando a la reflexión sobre esta pregunta: ¿en qué tiempo es mejor vivir? ¿es mejor siempre tener presente nuestro pasado? ¿Es más útil estar prediciendo el futuro? ¿Es el presente la mejor posibilidad para vivir? Las respuestas son tantas como escuelas y pensadores han existido: desde el anhelo de algunos románticos por el pasado, pasando por la ciencia empírica y su afán de predicción, hasta el futurismo. Otros le han apostado al presente como aquel lugar real y único donde ocurre la vida humana: el futuro y el pasado sólo están en nuestra imaginación. Siendo claros, esta reflexión va en la misma línea: el presente no es solamente la única posibilidad existencial que tenemos, también, es la que más nos beneficia. En términos generales, es posible que “vivamos” en el pasado o en el futuro, pero como cualquier viaje que se hace en el tiempo no es posible hacerlo sin pagar un precio. Por ejemplo, vivir en el futuro es una de las características de aquellas personas que padecen alguna forma de ansiedad, mientras vivir en el pasado suele ser uno de los problemas que acompaña la depresión.
Decir que vivir en el presente es la única posibilidad que tenemos es una fórmula facilista. Repetirla como loros no soluciona los problemas o retos que tiene llevar una vida con calidad y plenitud. Vivir aquí y ahora (otra forma distinta de llamarlo) no es fácil, aunque, la instrucción sea simple. Es una tarea que comienza, pero no termina, al menos, mientras permanecemos con vida.
Es muy común encontrarse con personas que a sus sufrimientos cotidianos (como si ya no fueran suficientes) le añaden uno más: obligarse de alguna manera a vivir en el presente, porque así se ha dicho en algún lugar de la internet, porque así lo leyeron o escucharon o porque algún personaje de moda lo puso como descripción de una foto en la que se muestra aparentemente feliz. Y repito, la intención con que esto se da está en lo correcto, la forma en que se presenta es la que termina siendo problemática. Existe, quizá, una confusión amplia al respecto: cada vez más, asociamos el aterrizaje en el presente con una vida placentera, de disfrute, en ausencia de dolor. Más allá de este tema, esa es una exigencia imposible: la vida tiene y tendrá sufrimiento en diferentes grados. Devaluar la invitación a vivir en el presente a la vida de placer con el propósito de hacerla un producto comercial más es problemático, no porque el comercio esté mal, sino porque se pierde su real significado, se simplifica y se vende como cualquier otro producto milagroso, lo que termina aumentando la frustración de quienes en un intento sano y bien intencionado, se acercan a cambiar la forma en que perciben el tiempo pretendiendo vivir mejor.
Laura es una paciente de 20 años que llegó muy molesta y frustrada a una sesión: “estoy triste porque comprobé esta semana que soy incapaz de estar bien”. Al indagar el porqué de esta afirmación, me contestó: “vi una conferencia de una persona que sigo en redes, que admiro porque siempre se ve muy feliz y explicó que su fórmula era vivir siempre en el presente, simplemente no preocuparse por el futuro ni por el pasado”. El problema, es que cuando Laura lo intentó, se llenó de frustración porque no lograba hacerlo, “¿explicó esta persona cómo se hace para vivir en el presente?”, le pregunté. Su mirada cambió y mantuvo un silencio que implicaba comprensión: “no”, fue su repuesta. ¡Bingo! Vivir en el presente no se logra solamente porque alguien nos lo recomiende, por más de que esa persona lo practique. El sufrimiento de Laura es muy similar al de muchas personas que buscan estar mejor y se topan con el Carpe Diem vuelto una fórmula que se repite sin sentido.
Pero, entonces, ¿qué hacer? ¿cómo se logra realmente alcanzar el anhelado presente? Primero, necesitamos desmitificar: acercarnos a una vida aquí y ahora no es acercarnos a una vida libre de dolor y llena de placer. No es llevar una vida desordenada o en la que simplemente le cerramos las puertas al pasado. Tampoco, es una vida sin proyección o planificación sobre el futuro y mucho menos es una existencia carente de responsabilidad. Es cierto, que el presente es el único lugar que habitamos y en el que existimos y esto implica aceptar las formas complejas en que nuestra vida puede desarrollarse: tan bonita como fea, tan dulce como agría, tan placentera como dolorosa. Habitar el presente es acompañar la danza con la que la vida se desenvuelve en sus diferentes matices, esto no la transforma mágicamente, pero si permite que la podamos vivir mejor. Siempre estamos en el presente, el problema es que nuestra visión sobre esto puede estar nublada de muchas formas. Es por esto, que necesitamos esforzarnos y hacer un trabajo disciplinado para poder recuperar la capacidad de movernos con cada paso que damos.
Lo obstáculos pueden ser múltiples, pero podríamos identificar dos fuentes generales: internos y externos. En cuanto a los externos, estos suelen estar asociados a las culturas y sociedades en las que hoy vivimos, todas víctimas del mito del progreso, que nos obsesiona con el futuro, y en el afán de conseguir este futuro comenzamos a coleccionar fracasos que hacen cada vez más difícil soltar nuestro pasado. Estas pueden ser las más difíciles de desmontar y requieren una reflexión más amplia, pero sí podemos cambiar la forma en que les hacemos frente y para esto necesitamos atender a nuestros obstáculos internos.
Los obstáculos internos también pueden variar, teniendo que ver con nuestra forma de pensar, sentir, ver la realidad, nuestra estructura de personalidad, nuestras experiencias de crianza o incluso la existencia de una patología o de una situación traumática. Todas estas cosas afectan la forma en que nos movemos como seres humanos y, al mismo tiempo, nublan nuestra capacidad de volver al momento presente.
En este orden de ideas, aunque el presente es nuestra única posibilidad temporal, necesitamos, en primer lugar, levantar los obstáculos que nos impiden entenderlo y para esto, debemos comenzar por aquellos internos, es decir, el primer paso para volver aquí y ahora es un buen proceso de autoconocimiento. Sólo así podremos limpiar el vidrio y mirar con mayor claridad como se desenvuelve la vida en cada paso que damos. ¿Hacer esto es fácil? ¡Por supuesto que no! Pero, es posible. Muchas veces podremos avanzar solos, pero muchas otras necesitaremos de la ayuda de algún profesional o experto: quienes acompañamos a otros a desarrollarse descubrimos junto a ellos los obstáculos que les permiten llevar vidas más plenas, o en este caso, vivir y aprovechar el tiempo presente. La recomendación de Horacio es cierta, pero debe ser formulada como una tarea y no como una fórmula simple, una tarea que cada uno de nosotros debe asumir según las propias particularidades de su existencia.
Al terminar la sesión con Laura me miró sonriendo y me dijo: “la próxima vez que alguien me hable de vivir en el presente no le voy a creer, o al menos, no si lo presenta como si ocurriera mágicamente”.

